A mi madre.
“Recuerdo ese día como si fuese ayer”, le dije. El joven me miró con cara rara y dio un sorbo a su café. Yo miré por la cristalera. Fuera hacía frío y el cielo estaba gris. No obstante, a través de los amplios ventanales de la cafetería podía apreciarse una vista preciosa.
– Y… ¿Cuánto tiempo se supone que hace de eso? –me preguntó.
– Cuarenta y un años. Sí. En dos días hará cuarenta y un años, eso es.
Me quedé absorto. A veces parece que fue ayer. Estaba empezando a ponerse el sol y las nubes comenzaron a disiparse, dejando así que los últimos rayos tiñeran el cielo de un color naranja espectacular.
– Eso solo pasa en septiembre, ¿sabe? —dijo el joven, captando mi atención de nuevo— Lo del sol, me refiero. Veo que lo está mirando.
– Es precioso, ¿no crees?
– Sí, realmente lo es… Pero cuando llevas aquí tres años todo te empieza a dar igual.
– ¿Echas de menos a tu familia? —le pregunté yo a él.
– Ya lo creo —me respondió abatido—. Aquí se está bien y eso, ¿sabe? Pero en invierno es todo muy triste. Eso de que anochezca tan pronto, con el frío y toda la hostia… se hace duro.
– Te entiendo.
Mientras hablábamos le observaba. No tendría más de veintidós años. Por un momento me vi reflejado en él y sentí aquella sensación otra vez. Me bloqueé por unos instantes.
– Oiga, ¿está usted bien?
– Sí, sí. No te preocupes. Me cuesta mantener la concentración a veces. Son muchos años ya.
– Si quiere podemos irnos. Bueno, quiero decir que si no le apetece hablar más puedo marcharme y eso. Usted puede quedarse si le apetece, por supuesto.
– Tranquilo, he sido yo quien ha venido a molestarte. —dije para tranquilizarle. Le notaba nervioso.
– ¿Molestarme? No, que va. No esperaba encontrarme con alguien que hablase mi idioma natal en este pueblo de mierda. Me lo he pasado bastante bien en este rato que hemos charlado.
Todavía le notaba algo tenso. Se notaba que tenía interés en hablar más conmigo, pero él pensaba que me molestaba.
– Pediré otro café. ¿Quieres algo más? A este invito yo.
– Sí, claro. Gracias.
Dio un buen trago al suyo, que todavía no había terminado cuando le ofrecí el segundo. Yo mientras llamé al camarero y le pedí dos descafeinados con leche.
– El café aquí es fuerte. No quiero que luego te desveles por mi culpa. —le dije, después de que se extrañase al pedir los descafeinados— A mí me da un poco más igual. Bastantes problemas tengo ya para conciliar el sueño como para preocuparme por un café. Es por hacer caso a los médicos, dicen que no es bueno. El cuerpo ya no es el mismo a esta edad. ¿Me entiendes, no?
– Sí. Aunque he de decirle que no aparenta la edad que tiene. Yo diría que es usted, por lo menos, tres o cuatro años más joven.
– Vaya, es todo un halago. Hace cuatro años estaba hecho todo un chaval. —bromeé mientras soltaba una carcajada.
– Se me da usted un aire a Indiana Jones, ¿sabe? Todo solitario y eso. O a De Niro en Taxi Driver. Solo que no le veo repartiendo estopa a diestro y siniestro.
Reí y le dije que no sabía si tomármelo como un cumplido o no, ya que nunca me habían hecho una comparación así. Después seguimos tomando café y charlando de nuestras vidas. Hablamos de cómo habíamos acabado los dos en la única cafetería de un pueblo a miles de kilómetros de nuestras casas.
Me contó que era estudiante y había tomado la decisión de irse fuera porque no soportaba la inmutabilidad; necesitaba cambiar y reinventarse constantemente. Iba a comenzar su cuarto año de universidad el próximo lunes y había aprovechado para coger la mochila y hacer una escapada unas semanas antes él solo. Estudiaba en una ciudad importante y bastante grande, pero le gustaba desconectar de vez en cuando.
Yo le conté lo de mi mujer. Desde que falleció hacía seis años, intentaba escaparme cada poco con lo que mi escueta pensión me permitía. También le expliqué lo de mi libro y cómo había decidido empezar a escribirlo. Pero, por las preguntas que me hacía, notaba que seguía dándole vueltas a la anécdota que le había contado al principio de la tarde. Se había hecho de noche sin darnos cuenta.
– Bueno, me parece que ahora sí que deberíamos irnos—comenté viendo la hora que era.
– Sí, lleva usted razón. Se nos ha hecho tarde.
Pedí la factura de la mesa. Él intentó darme su parte, pero me negué. En el fondo me sentía agradecido hacia él por el tiempo que me había regalado. Últimamente me sentía muy solitario, aunque siempre lo hubiese sido.
– Oiga, una pregunta más. ¿No tiene hijos?
– No. Mi mujer y yo nunca quisimos tenerlos.
Una camarera diferente al tipo que nos había atendido antes vino a la mesa, echó un vistazo a la factura y me cobró con el datáfono.
– Creo que la gente muchas veces actúa sin pensar. Eso está bien en determinadas ocasiones, no ser demasiado perfeccionista y dejarse llevar. Cuando se trata de decidir si tener hijos y tu mujer arrastra un cáncer desde los treinta hay que sentarse y pensar fríamente las cosas. Me hubiera gustado, no te lo niego. Pero que ella viviese todo el tiempo que vivió fue algo inusual. Lo normal hubiera sido que nuestros hijos no hubiesen podido apenas conocer a su madre. Por eso decidimos que no. Siempre me sentiré afortunado de haber disfrutado tantos años con mi mujer. Aunque fuese entre médicos y quirófanos.
El joven no dijo nada. Se limitó a escucharme con atención. Supo que no era necesario hablar en aquel momento. Yo lo agradecí. Nos despedimos del personal y salimos. Me puse la cazadora.
– Ha sido todo un placer señor. —me dijo el chico tendiéndome la mano.
– Lo mismo digo. Y recuerda; por mucho que te sientas incomprendido, no podemos ir contra el mundo nosotros solos. Sé que ahora tienes un hambre que devoras, pero en la vida llega un momento en que toca sentarse y mirar atrás. Los recuerdos siempre son mucho mejores sin son compartidos. No lo olvides. Tarde o temprano encontrarás a alguien que sea como tú, no lo fuerces. Pero no intentes ir contra el mundo.
– Gracias. Lo recordaré. Y le agradezco mucho el café.
Me di cuenta de que todavía estaba estrechándole la mano y se la solté.
– Ya tendrás algo que contar cuando hables con tus padres. Diles que un viejo te ha dado la chapa toda la tarde. Aunque por lo menos te ha salido gratis. Pero oye, diles también lo que les quieres y que pueden sentirse orgullosos de su hijo, ¿quieres?
– Lo haré. Cuídese.
– Lo mismo digo chaval.
Entonces tomamos caminos diferentes, guiados por la escasa luz que iluminaba las calles.
Estaba ilusionado. No esperaba que una gran cantidad de gente acudiese al evento, pero para mí era todo un logro haber publicado mi libro. Habían pasado cuatro años desde que empecé a escribirlo y el sueño que siempre tuve de pequeño por fin se había cumplido. Aunque me encontrase en la recta final de mi vida, era algo que me hacía sentirme orgulloso de mí mismo y algo más joven, al menos de espíritu.
Cuando llegué a la librería, vi que me habían preparado una mesa y una silla para que me sentase. Sobre ella había varios ejemplares, un par de botellas de agua y un bolígrafo. También había algunos amigos a los que hacía tiempo que no veía y un puñado de antiguos alumnos. La mayoría sostenían mi libro en la mano y esperaban de pie, a pesar de que la librería hubiese colocado unas cuantas sillas enfrentadas a la mesa. Aplaudieron cuando entre. Me di cuenta de que ningún familiar de los que avisé se había personado. Eso me entristeció ligeramente.
– Buenas tardes. Le están esperando. Mi tía y yo le hemos preparado un pequeño stand para que pueda sentarse y hablar con los presentes. Y también por si quiere firmar algunos ejemplares. Ella no podía quedarse. Yo soy su sobrino. Encantado. —me dijo el joven encargado de la librería nada más entrar por la puerta, mientras me estrechaba la mano.
– Lo sé, no te preocupes. Me ha llamado tu tía antes de venir.
– ¿No le importa que tengamos la librería abierta no?
– No, descuida.
– A esta hora dudo que tengamos clientes, pero hasta las ocho de la tarde tenemos que dejar abierto. Luego cuando cierre si quieren pueden seguir aquí charlando sobre su libro.
– Gracias, estoy al tanto de ello. Tú no te preocupes y atiende el negocio. —dije al joven. Me resultó algo cargante
Me dirigí entonces a la mesa y me senté. Saludé a todo el mundo y agradecí mucho su presencia. Después de las formalidades presenté mi libro. El dolor de espalda que padecía hizo que aguantase poco tiempo sentado y me incorporase. Rodeé la mesa y me apoyé en el borde de la parte frontal para disimular. El lumbar me estaba matando. De cualquier modo, comenzamos una mesa redonda que se alargó durante una hora y terminó pareciendo una reunión de antiguos amigos, teniendo poco que ver con el lanzamiento de mi libro. Para terminar, firmé algunos ejemplares.
Entre tanto, entraron un par de clientes. El sobrino de la propietaria —que era amiga mía y me había ayudado con la organización del evento— demostró una vez más su pedantería con ellos. Más tarde cerró y al rato la gente comenzó a marcharse. No miré mi reloj, pero intuí que debían de ser las ocho y media.
Cuando apenas quedaban cuatro o cinco personas, además del chico y yo, una persona entró.
– Está cerrado ya. Lo siento. —dijo el librero.
– Venía por la presentación del libro. —respondió la persona desde fuera.
Apenas presté atención. En aquel momento estaba hablando con un alumno de la promoción del curso 98/99. No obstante, miré al sobrino de mi amiga y le hice un gesto con la mano para que dejase entrar a quién quiera que fuese el hombre que estaba fuera.
– Perdóneme por llegar tan tarde.
Me di la vuelta.
– Me gustaría comprar un ejemplar y que me lo firmase. Tengo muchas ganas de leerlo. Pasé ayer por aquí y vi el cartel fuera. Me gusta venir aquí, ¿sabe? El último jueves de cada mes hacen mercadillo de libros y se pueden encontrar buenas obras.
Me quedé sorprendido. Al principio ni siquiera caí. Pero a medida que hablaba me di cuenta.
– Eso está hecho. Esta vez no puedo ofrecerte café gratis, pero el libro te lo regalo. —le dije bromeando.
– Que sepa que no me he olvidado. Por cierto, está mi novia fuera. He visto que tenía el cartel de cerrado, pero como la puerta estaba abierta le he dicho que me esperase mientras echaba un vistazo.
– Vaya… Sí que han cambiado las cosas en estos dos años. Quiero decir… dile que entre, que no se quede ahí por favor.
La novia del joven entró. Si no podía creer que se acordase de mí después de dos años de aquella conversación que mantuvimos en el otro extremo del mundo, todavía menos que coincidiésemos de nuevo.
Me presentó a la chica y le explicó quién era. Juntos charlamos un rato. Me contaron cómo se habían conocido y qué habían hecho en este tiempo. Los pocos rezagados desaparecieron y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos los tres solos. Yo procuré no hablar demasiado de mí mismo y me limité a hablarles de mi libro. Les regalé un ejemplar dedicado a cada uno y nos despedimos del librero que se quedó ordenando el local.
Muy amablemente me ofrecieron ir a cenar con ellos a algún lado. “Venga con nosotros”, me insistieron. Por un momento pensé decirles que no. Estaba cansado y el dolor de espalda no había aflojado. Entonces miré hacia el cielo y vi ese color anaranjado tan precioso que teñía las nubes de la misma forma que el día que charlábamos en la cafetería. Miré el reloj y eran las nueve y cuatro minutos. En breves instantes anochecería. Caí en la cuenta de que en solo dos días entraríamos en el mes de septiembre y recordé lo que me dijo el chico sobre el color que lo empapaba todo.
Septiembre siempre había sido un mes que odiaba. Quizá porque me recordaba que tenía que volver a la escuela y decirles adiós a esas tardes de verano sin prisa. Quizá porque ya nunca más habría un primer beso, ni volvería a ver a mi amor de verano. Recuerdo a mi madre llorando en el coche; por una parte, de tristeza y por otra de emoción, por ver que su hijo salía a buscarse la vida. Echo de menos casarme, pero no la enfermedad de mi mujer. Coger de la mano a mi padre y pasar un día en familia. Septiembre me recuerda el cambio. Empezar de nuevo. Lo que fui y lo que soy.
– Creo que será estupendo acompañaros. —dije. Y juntos nos perdimos por la ciudad.