Réquiem

No tengas miedo. Tuvo que caer un rayo para que el fuego fuese descubierto. Igual que el dolor durante un parto precediendo a la vida, el mundo está lleno de opuestos y contradicciones. No tengas miedo. ¿Cuántas veces tuvo el músico que equivocarse para conseguir la excelencia, para dar esa nota? La guerra, el hambre… ¿a cuántos miles se han llevado? Aunque los que quedan parecen solo haber aprendido a valorar la opulencia. La lección, bien explicada, sigue sin ser entendida. Tan sencillo como aceptar que llorar la pérdida es natural y que todo lo que tienen no se irá con ellos, llegado el momento. Lo tienen delante y se empeñan en evitarlo. Por eso, a veces, me siento más muerto que vivo y hablo de forma omnisciente. “No tengas miedo”, me digo. “Lo has entendido”, me repito. Pero tengo miedo. Miedo de que me marche por la puerta de atrás, sin escuchar el aplauso. Mi consciencia es mi condena, la misma que me hace coleccionar fracasos y abrazar las derrotas; saber que es natural. Que la naturaleza no tiende al caos, sino a la estabilidad.  Pero todo es a ciegas. Mi propia fe. Confiar en que un día abrazaré el triunfo y besaré el premio. Solamente entonces compartiré, con todos, el secreto de mi realidad. Hasta entonces, solo yo sabré lo que he vivido y lo que he visto, y las horas de trabajo solamente serán horas a ojos de los demás. Me queda el consuelo de que si no lo consigo tendré algo bonito que llevarme, mientras ellos dejan sus coches y sus casas pudriéndose, sin haber comprendido que su transporte es la voluntad y su hogar el mundo.

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