Prólogo

Pensó cómo cojones iba a limpiar ese estropicio. Nunca antes se había visto en una situación así. La lejía había hecho su trabajo con la sangre, pero los trocitos de aquel cabronazo seguían esparcidos por toda la habitación. Su cabeza parecía un puto globo tras explotar al inflarlo demasiado; uno de esos tubos de confeti recién usado. Quién hubiera pensado que un cerebro de chorlito como el de ese capullo podía cundir tanto. Era el primer tío que se cargaba y la situación le sobrepasaba, pero debía darse prisa si no quería que los maderos le empapelasen. Probablemente estarían en camino, pues algún vecino habría avisado por teléfono tras escuchar el estruendo de la Magnum del 44. En qué momento se dejó aconsejar por el maldito mejicano.

Se puso manos a la obra. Rebuscó en los armarios y encontró bolsas de basura. Las había de dos tamaños: unas pequeñas, de color azul, y unas de color negro bastante grandes. Cogió una de las pequeñas y comenzó a recoger los trozos de carne y vísceras esparcidos por la estancia. A los pocos minutos tuvo que levantarse a vomitar en el fregadero. Después de recomponerse siguió hasta terminar y ató la bolsa. Entonces, cogió una de las bolsas grandes y, con unas tijeras que encontró en un cajón, la cortó para abrirla a modo de mantel. La tendió en el suelo y giro el cuerpo hasta ponerlo encima; después lo enrolló como un puto kebab. Los pies sobresalían, pero no era problema. Lo que sí era un problema era lo que quedaba de cabeza, que también sobresalía, así que cogió otra bolsa y se la puso para taparla.

Fregó el suelo nuevamente con lejía para eliminar los restos que pudiesen quedar. Una vez terminó, cogió la bolsa de la “carne picada”, se asomó por la ventana que daba a la parte frontal de la casa y vigiló que no hubiese nadie. Salió dejando la puerta abierta y se montó en el Chrysler que había aparcado en la calle, justo a la altura de la casa. Echó la bolsa a los pies del asiento del copiloto y encendió el motor para dar marcha atrás, entrando de culo en la parcela de césped y avanzando hasta casi tocar la puerta frontal de la casa. Bajó del carro dejando el motor encendido y entro en la vivienda. Arrastró el cuerpo por los pies hasta fuera y lo cargó en el maletero. Al cerrar, la puerta hacía tope con algo. Echó un vistazo; era la pierna. El Crossfire tenía un maletero bastante pequeño al ser un biplaza. Por mucho que lo intentó no había manera. Desesperado, volvió a entrar a la casa y fue directo al garaje. “Mierda”, pensó. No había ningún coche. “¿Cómo coño se movía este cabrón? ¿Acaso siempre viajaba con chófer?”, se preguntó. Justo entonces vio una sierra eléctrica junto a otras herramientas. De puta madre.

Enchufó la sierra en la toma de corriente más cercana a la puerta principal de la casa y salió. El cadáver seguía ahí, con la pierna colgando. No lo pensó dos veces. Cuando llegó al fémur sintió un escalofrío; la sierra tembló, pero la sujetó con fuera y le echó un par de huevos hasta que la pierna cayó al suelo. Volvió al interior, cogió una última bolsa y el cubo de la lejía. Metió la pierna en la bolsa y la guardo en el maletero, después desenchufó la sierra y la metió también el compartimento. Esta vez la puerta sí cerró. Volcó el cubo con lejía para limpiar la sangre que había goteado. No era gran cosa ya que el cuerpo había perdido anteriormente casi toda la sangre, pero no quería dejar pruebas. Cerró la puerta de la casa, montó en el coche y dejó el cubo al lado de la bolsa pequeña que yacía a los pies del asiento del acompañante.

“Listo”, se dijo. Aceleró y las ruedas destrozaron el césped dejando la marca de la rodada, aunque no le preocupaba; el coche no era suyo y había muchos neumáticos Dunlop en el Reino Unido. De todas formas, se desharía de todo lo antes posible, pero primero tenía que hacer una visita a Funky Tom. Cuando tomó la M1 la noche se volvió más oscura, haciéndole saber que faltaba poco para que amaneciese. Le quedaba poco tiempo. Encendió la radió y sonó la canción “Woke up this Morning”, de Alabama 3; se rio solo y se sintió Tony Soprano por un momento. Le hizo recordar su adolescencia a caballo entre Barcelona y Palermo. No estaba orgulloso del hombre que era, pero por alguna extraña razón se sentía realmente bien en aquel momento. Pisó el a fondo y el Chrysler sonó a gloria. Le gustaba ese coche, le daría pena deshacerse de él, aunque nunca se terminaría de acostumbrar a conducir coches con el volante a la derecha.

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