La Carretera

Para Andrea. Por haber sido mi motor de cambio; la revolución que necesitaba.

No miraba atrás; lo tenía claro. Llegaría esa misma noche. La manecilla de las revoluciones palpitaba mientras que ella se negaba a levantar el pie. El aire acondicionado no funcionaba y la ventanilla estaba bajada. Su pelo rojo ondeaba. Por un momento apartó la vista de la carretera y su mirada se cruzó con la de su yo al otro lado del espejo retrovisor. Tan solo unas gafas de sol oscuras hacían de barrera entre su pasado y el presente. Esbozó una sonrisa.

Al cabo de unas horas, el indicador de la reserva de gasolina se encendió. Maldijo unos segundos y tomó el siguiente desvío, tras recorrer unos pocos kilómetros más. Paró junto al surtidor en una gasolinera, entró y pagó para llenar el depósito entero. Una vez repostó volvió a arrancar, pero justo antes de ponerse en marcha una sensación de cansancio la invadió de manera irremediable y notó que ella también se estaba quedando sin gasolina. Sabía que no podía perder un instante, pero tenía algo de margen y decidió entrar a la cafetería de la estación de servicio y tomarse diez minutos para beberse un café.

–Café con leche. Por favor –pidió al camarero.

–¿Quieres algo de comer? –respondió el hombre.

–No, tengo prisa.

–¿Ah sí?, ¿Puedo preguntar por qué? –preguntó nuevamente con intriga.

Ella miró seria, como si la pregunta le hubiese resultado molesta.

–Verás, no te lo tomes a mal. No tenemos mucha clientela; me gusta hablar con las pocas personas que pasan por aquí.

–Simplemente tengo prisa –contestó muy seria.

–Sea lo que sea, seguro que es más interesante que estar aquí, así que no estés tan seria mujer. Aunque las prisas nunca son buenas. Espero que al menos merezca la pena.

–Lo merece.

–Tu café con leche –dijo el camarero acercándole la taza y percatándose que ella no estaba por la labor de dar explicaciones.

–Gracias.

Se bebió el café, pagó y no volvió a intercambiar una sola palabra con el hombre. Solamente le dio las gracias y se despidió al salir del local. Se sentía algo mejor. Todavía tenía fuerzas para terminar su viaje y llegar a su destino.

Giró las llaves; el motor pistoneó. Pisó embrague, metió primera y salió como una exhalación. Mientras se alejaba, el camarero miró por la ventana. El hombre pensó que, aunque la chica no hubiese querido contarle dónde iba ni por qué tenía prisa, al menos dejaba una bonita estampa, conduciendo por esa carretera desierta en dirección al atardecer, como si quisiese atrapar el sol antes de que se escondiese por completo. Deseó que todo le fuese bien.

Mientras, ella pensaba en eso que le dijo el camarero. En que las prisas no son buenas y en si de verdad merecía la pena lo que estaba haciendo. Si no lo sabía ella, ¿quién lo iba a saber? Menuda tontería. Además, eso de que algo merezca la pena o no es algo subjetivo. Ella lo veía así. Su expresión cambió. Estuvo seria durante un rato. Llegó a sentir frío y subió la ventanilla. Los últimos rayos de sol potenciaban el color rojo de su cabello, dándole unos reflejos preciosos.

Volvió a mirarse en el espejo retrovisor y se quitó las gafas. Sus ojos estaban cansados. Denotaban horas de insomnio, agotamiento y nerviosismo. Entonces apartó la vista de su propio rostro y miró el asfalto que dejaba tras de sí. Nadie la seguía; ni un alma. De pronto, su expresión volvió a cambiar y sonrió.

Sonrió porque, en ese preciso momento, supo que no estaba huyendo. Se dio cuenta de la forma más sencilla, pero se dio cuenta de que había dejado todo atrás, que todo eso que la había perseguido ya era historia y que nadie, absolutamente nadie, podía alcanzarla. Pisó a fondo. Quería sentir la velocidad. Se sintió bien acariciando el volante. Intocable por nada que pudiese hacerle daño. Estaba segura de quién era, de lo que quería. Era eso que tenía delante lo que tiraba de ella y la impulsaba a conseguirlo. No como hasta ahora, sintiéndose empujada a huir por todo aquello que en ese instante estaba fundiéndose con el polvo que levantaban las ruedas. Fue en ese instante cuando supo que merecía la pena. Por supuesto que merecía la pena. A veces todo es tan sencillo como lanzarse a la carretera, no pensar y poner el motor a funcionar.

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