–Tal cual lo oyes –afirmó con contundencia el joven.
–No te creo –replicó el otro joven.
–De verdad. Si lo hubieses visto con tus propios ojos estarías igual que yo.
–¿Cómo era?
–Enorme.
–¿Eso cuánto es?
–Pues no sé. Enorme es enorme. No hay una medida que sea “enorme”, pero sabes cuando algo es enorme.
–¿Qué forma tenía?
–Pues… Pues la única forma que puede tener, joder.
–Sigo sin creerte.
–Vete a la mierda.
–¿Lo viste de cerca?
–Más o menos…
–¿Cómo de cerca?
–Pues relativamente cerca.
–No lo viste.
–Que no lo viese de cerca no significa que no lo viese.
–Entonces lo viste de lejos.
–Te he dicho que no.
–¿Que no lo viste?
–No, que no lo vi de lejos tío.
–Pero tampoco de cerca.
–Más o menos.
–No lo viste…
–Me estás cabreando.
–Entonces, si lo viste, ¿por qué ahora y no antes? Si fue tan fácil, ¿por qué ha pasado tanto tiempo? O mientes o hasta ahora has sido un cagado…
–Supongo que será el destino.
–¿El destino?
–Yo qué se.
–Me voy a casa. Te veo mañana. Avísame si vuelves a verlo. Yo también quiero verlo.
–Sí, yo también me voy. Hasta mañana.
Los chicos se despidieron y cada uno se fue por su lado, con las mochilas a la espalda. Yo me quedé allí, con cara de tonto, sin saber qué sería aquello de lo que hablaban. Supongo que tampoco tenía nada mejor que hacer. Aún así, eso me recordó lo estúpidos que podemos llegar a ser, invirtiendo nuestro tiempo en algo por pura curiosidad, sin saber tan siquiera a qué nos atenemos, ni si vamos a obtener algo. Después pensé que igual la curiosidad no siempre mata al gato, y que si no llega a ser por curiosos a lo mejor seguíamos yendo desnudos por ahí. Aunque igual no estaba tan mal. El ir desnudos digo. No sé, empecé a divagar. Entonces me di cuenta de que lo único que podía sacar en claro de aquello, sin fallo, era que ser joven y sentir curiosidad por algo qué has visto por vez primera, o que ni siquiera has visto, es lo mejor que le puede pasar a nadie.